La disposición del
cuerpo sin vida en la
instancia ritual del
velatorio
Dolors García Torra
Abstract
Te change of the situation —from being alive to being
dead— is ensured by the funeral ceremony. Te presence
of the dead body in the wake, in the Igualada funeral par-
lor, enables a staging in which some actors give meaning
to it through dramatic events making the sociability of
transit, turning the corpse into a deceased. An interactive
process scheduled for mourners and culturally organized
according to rules set by tradition, within a limited time
and space, with the peculiarity that it will not be discussed
from the front, face to face with the public, but from be-
hind, where the lifeless body is arranged.
Key words:
the presence of the body, wake, front, backstage, funeral ritual.
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Inmaterial 03. Dolors García Torra
Resumen
El cambio de situación —pasar de estar vivo a estar muerto— se
asegura mediante la ceremonia funeraria. La presencia del cuer-
po sin vida en la instancia ritual del velatorio, en el tanatorio de
Igualada, posibilita una puesta en escena en la cual unos actores le
dan sentido mediante unos actos dramáticos que marcan la so-
ciabilidad del tránsito, convirtiendo el cadáver en difunto. Es un
proceso interactivo, pautado por los asistentes al funeral y organi-
zado culturalmente según unas reglas fijadas por la tradición, en
un espacio y un tiempo limitados, con la peculiaridad de que no
se analizará desde la parte de delante, de cara al público, sino por
detrás: en el lugar en el cual se adecenta el cadáver.
Palabras clave:
cuerpo presente, velatorio, front, backstage, ritual funerario.
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del velatorio
Introducción
Procurar un buen morir, en el hospital, teóricamente asegura que las
personas no suframos en los últimos días de nuestra vida. En una
relación interpersonal con el paciente, médico y familia le proporcionan
medidas de confort y se controla el dolor en su fase como moribundo,
en la que no puede comprender ni controlar la situación por sí mismo.
Como un aparato de monitorización de constantes vitales, pero hu-
mano, observando el mínimo gesto o señal que emita, las atenciones al
moribundo se llevan a término con suma precisión. Los cuidados post
mortem vienen a continuación, una vez superada la fase de agonía, cuan-
do el enfermo ha muerto y los familiares se han retirado de la habita-
ción. La preparación de lo que será la ceremonia del cuerpo presente en
la instancia ritual del velatorio se inicia entonces, prestando los últimos
cuidados de enfermería para su traslado a la morgue y su posterior
derivación a otros profesionales, concretamente a los profesionales de la
muerte del tanatorio de Igualada —allí se centró el trabajo de campo—,
para que continuaran las tareas de atenciones y cuidados iniciadas en el
contexto de la asistencia sanitaria, pero esta vez al cadáver, tan depen-
diente como en la fase de moribundo, cuando aún respiraba, al que
procuran la última asistencia, antes de enterrarlo.
Metodología
El presente artículo analiza los resultados de una investigación cualitati-
va basada en la observación participante, en particular la observación del
«pequeño mundo» del trabajo profesional en torno a la muerte, la ma-
yoría de cuyas operaciones se ejecutan fuera de la vista de los no profe-
sionales. El conocimiento de la industria funeraria, como apunta Mary
Bradbury, no es general. No sabemos lo que hacen los tanatoprácticos,
los embalsamadores ni los médicos forenses: más bien se nos oculta
su trabajo. Por este motivo, investigar dentro de estos campos requiere
familiarizarse con los lugares, las escenas, las conversaciones, etcétera
(Bradbury, 1999, p. 203). Escoger el tanatorio de Igualada para obser-
var y analizar las actividades del arreglo del cuerpo sin vida respondía,
precisamente, a buscar un lugar reducido que nos fuera de entrada de
confianza y, de esta forma, garantizar esta familiaridad y cotidianidad
que Bradbury (1999) aconseja para observar el tratamiento «técnico» del
muerto y de la muerte.
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En el tanatorio de Igualada se atiende un volumen de difuntos consi-
derablemente más reducido que en un tanatorio como el de Sancho de
Ávila de Barcelona, un lugar que al principio tuvimos en cuenta como
posible unidad de observación, pero una atención sistemática, como la
que hemos desarrollado a lo largo de la investigación, no habría sido
posible en un lugar donde el tratamiento de los restos se divide en
diferentes equipos de trabajo, especializados únicamente en la secuencia
concreta que se les ha delegado. En cambio, en la empresa Funeraria
Anoia, la muerte es personalizada y el tanatorio presenta los elementos
para hacer el tránsito lo más cómodo y confortable posible. A la vez,
permite un contexto familiar de recogimiento y momentos íntimos con
la muerte y de relación cercana con sus trabajadores, conocidos por gran
parte de los habitantes de Igualada. En otras palabras, la presencia o la
ausencia de símbolos que impregna el ritual de cuerpo presente se pue-
de observar más nítida y sistemáticamente en un lugar menos industria-
lizado, como el tanatorio de Igualada.
Como resultado del trabajo sistemático de observación, la investigación
aporta testimonios etnográficos sobre las actividades de disposición del
cuerpo sin vida, en una coordinación entre dos espacios —el público
y el privado— necesarios e imprescindibles para la significación de la
muerte y de la pérdida. Su originalidad consiste en abordar esta cuestión
desde una perspectiva posicional poco habitual, como es la que atiende
las prácticas y los discursos mortuorios sobre todo desde su parte pos-
terior y menos visible: el trascenio, donde se lleva a cabo el tratamiento
del cuerpo del difunto inmediatamente antes de su presentación en
público como actor principal de su último adiós.
El acceso al campo fue fácil. Conocíamos a los actuales propietarios de
la funeraria y en seguida contactamos con ellos. Tras exponerles nuestro
proyecto, que fue aprobado, en ningún momento nos pusieron impe-
dimentos a la tarea de observación, que llevamos a término por todo
el recinto. El único límite impuesto fue la no intrusión en la sala del
velatorio cuando el cuerpo y los familiares estuviesen presentes, a fin de
mantener el respeto a la privacidad. Además, tuvimos el privilegio de
encontrar a unos informantes cualificados, expertos en el tema y con
una experiencia dilatada en la profesión de la muerte, a quienes no les
importaba que los acompañásemos todo el tiempo en sus rutinas diarias,
mientras nos explicaban en detalle todas las actividades que realizan en
su jornada de trabajo.
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Nuestra situación en el terreno fue de implicación personal e incluso, en
momentos puntuales, participamos en las tareas como unos trabajadores
más. De esta forma, el hecho inevitable de establecer vínculos prácticos
y emocionales con nuestros informantes nos permitió obtener los datos
directamente de descripciones verbales extraídas de conversaciones cau-
sales registradas en el diario de campo. La misma inercia y habilidad con
la que hacen su trabajo se transmitía en sus respuestas. Otras fuentes de
datos fueron entrevistas en profundidad al personal de la funeraria, for-
mularios burocráticos, hojas de servicio y las normativas de los servicios
funerarios y de la policía sanitaria mortuoria. También se recogieron da-
tos de la observación de las salidas de la iglesia de los asistentes al funeral
tras la celebración de la misa y de entierros en diferentes cementerios.
El trabajo de campo se ha desarrollado en dos etapas. La primera ha
consistido en la presencia asidua en las ceremonias fúnebres celebradas
en el tanatorio, donde se observó la interacción social que se da en las
instancias más públicas, la que se genera en las tareas de recepción y
acomodación de los asistentes al funeral y en la celebración de misas
exequiales en el mismo edificio. En la segunda etapa, el espacio de obser-
vación se desplazó a las estancias separadas de la percepción del público,
donde se llevan a cabo las labores de recogida de cadáveres, acondiciona-
mientos tanatoprácticos y preparación de túmulos y féretros. De esta for-
ma, en un entrar y salir constantes entre un espacio y otro —el público y
el privado— pudimos verificar los numerosos momentos de sociabilidad
que se dan durante la escenificación del final de la vida, no solo a la vista
de los participantes, sino también detrás, en el lugar donde el personal
funerario atiende al cadáver para su posterior exhibición en el velatorio.
Para la observación y el análisis concreto del significado del ritual del
acondicionamiento del cadáver en las sociedades occidentales actuales
nos centramos en las prácticas alrededor del final de la vida, no pensan-
do tanto en la muerte sino en su ritualización. Para este quehacer, los
supuestos del interaccionismo simbólico, concretamente el enfoque dra-
matúrgico de Erving Goffman, a partir de los cuales la vida es como un
teatro en tanto que consiste en actuaciones (performances) en las cuales
hay actores y público, me ayudaron a ordenar los datos resultantes de la
observación del ritual de interacción que se da en la realidad social com-
prendida en la ceremonia funeraria de cuerpo presente, una situación en
la cual el cadáver moviliza el drama y la exhibición pública del finado
expresa un encuentro en un espacio formalizado en el cual se desarro-
lla una conducta expresiva. En esta puesta en escena, la considerable
sociabilidad a la vista del cuerpo y las normas de higiene sanitaria dictan
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la preparación del cadáver en vías de putrefacción. Patrones establecidos
con la familia inmediata, como «Que se vea bien», insinúan que durante
el velatorio y el entierro el difunto es venerado en su cuerpo, un hecho
que requiere prácticas de tanatopraxia para darle el aspecto de una per-
sona que duerme y para conservar una imagen decorosa, compatible con
su veneración. Para conseguirlo, los profesionales de la muerte se impli-
can en su presentación: una accesibilidad ritual que regulan mediante
técnicas diversas de control de la impresión que produce el finado y, al
mismo tiempo, penetrar en la impresión de los dolidos para captar sus
verdaderos sentimientos e intenciones. Con unos movimientos aparen-
temente simples de entrar y salir en escena y de control de los canales
de comunicación entre el cadáver y los presentes en el ritual, todo está
listo para que la muerte transcurra sin ningún contratiempo.
Resultados
El cuerpo presente
En su clásico, Robert Hertz, en lo que presentaba como sociedades pri-
mitivas, no contaminadas por la presencia de extranjeros, la muerte no
siempre se presenta ni se siente como entre nosotros. Por ejemplo, para
los dayak de Borneo, el ritual funerario comprendía entre siete meses y
un año. Durante este tiempo, depositaban provisionalmente el cadáver
en un lugar aislado del resto de la comunidad, en espera de las segun-
das exequias. Esta larga exposición provisional del cadáver requería un
velatorio permanente, que servia para preparar el cuerpo del difunto
antes de ser transportado a su última sepultura y así, una vez recibidos
los cuidados obligatorios por parte de los vivos, integrarse plenamente
en el mundo de los muertos (Hertz, 1990, p. 35-42). La larga espera
del finado, que por lo general respondía a la necesidad de exorcizar el
cadáver de las malas influencias de los espíritus, corresponde a lo que
Arnold Van Gennep, en su obra Los ritos de paso (1985), denomina «fase
liminal o lindar» de un rito de paso. Mediante tres fases o períodos a
través de los cuales un individuo transita entre funciones y roles sociales
—separación, margen o liminaridad e integración—, el exitus humano
como tránsito entre puntos de la estructura social es protocolizado para
asegurar la integración del muerto en el lugar previsto para él en el
orden societario o el punto preestablecido en el organigrama social: la
comunidad de los muertos. Durante la celebración mortuoria es separa-
do de la comunidad de los vivientes y permanece en un estado de limbo
por un tiempo, antes de «renacer» como antepasado, espíritu o fantasma.
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del velatorio
En los rituales funerarios, la fase liminal del pasaje del estado de vivo a
muerto corresponde a la exhibición pública del cuerpo del finado y al
tratamiento del cadáver.
La muerte, suprema certeza de la biología, siempre nos deja un cadá-
ver, concreto y real, que sufre profundas transformaciones orgánicas.
Desde las sociedades tradicionales hasta las sociedades tecnificadas y
científicas como la nuestra, el término «cadáver» ha sido el símbolo de
la putrefacción y la impureza por excelencia. «A causa de esto y de otras
fantasías que gravitan alrededor del cuerpo sin vida, todas las culturas
se esfuerzan para componerlo, con la finalidad de superar el horror de
su inminente transformación y destrucción orgánica» (Tomas, 1989, p.
109), excepto algunas que prefieren su descomposición, para la posterior
ingestión de sus cenizas después de ser incinerado, como los yanomami
del estado de Amazonas, en Venezuela. Aun así, en muchos casos el
cuerpo inerte nunca ha sido considerado un simple envoltorio biológico.
Conectado a la filogenética del ser humano, son restos de humanidad
y no meros residuos orgánicos (Favole, 2003, p. 22) y por eso la tana-
tomorfosis contundente que el cuerpo protagoniza entre el estado de
agonía y la reducción última a polvo es uno de los espacios de mayor
significación para individuos y colectividades, generador de representa-
ciones y prácticas procesadas a partir de sistemas y complejas creencias.
El adiós al finado en los rituales funerarios con la interposición del ca-
dáver es, parafraseando a Tomas (1991), una «retención del difunto» o
una reapropiación temporal del cuerpo, que es entonces el eje central de
atenciones culturales. Mediante una serie de procedimientos encamina-
dos a la gestión de los despojos del difunto que engloban las técnicas de
embalsamamiento, tanatopraxia, incineración e inhumación, los restos
son evacuados, cumpliéndose así la función técnica de separar el cadáver
de los vivos y de instalarlo efectiva y simbólicamente en el recuerdo.
En concreto, la tanatopraxia, como conjunto de métodos que se aplican
tanto para su conservación como para el soporte de su presentación a
los deudos, no hace más que emprender el principio del deber tradicio-
nal de los cuidados a los muertos, que es el de preservar el cuerpo del
difunto y ocultar a los vivos su putrefacción (Ariès, 1982, p. 117).
Las conductas funerarias y las ceremonias que la sociedad celebra alrede-
dor de estos procedimientos, a pesar de su disparidad en el tiempo, obe-
decen a constantes universales con una doble finalidad: por un lado, no
solo asignan al muerto un lugar, sino que también preservan el equilibrio
individual y social de la comunidad de los sobrevivientes; por otro lado,
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la escenografía tradicional de la exposición pública del cadáver marca
la irrupción de la muerte en el deseo de rendir homenaje al difunto y el
baño mortuorio y la vestimenta para la correcta presentación establecen
una última relación con él antes de partir al más allá. Los actos siguien-
tes del velatorio —el entierro, las visitas frecuentes al cementerio, las
oraciones por las almas del purgatorio y el duelo— son un conjunto de
prácticas que demuestran respeto y afección. Este carácter estructurante
y performativo de los cuerpos muertos requiere un espacio escénico —la
sala de velatorio, el oratorio o la iglesia y el cementerio— y unos actores
que le den sentido a través de un proceso interactivo organizado y pauta-
do culturalmente que permita la expresión de sentimientos de dolor por
la ausencia del ser querido. Los símbolos de duelo y los actos de home-
naje que se representan aquí otorgan al ritual de separación «la función
de socializar la pérdida, hacerla pública y participativa a la comunidad»
(Allué, 1998, p. 72). Ahora bien, si en las sociedades tradicionales los «vi-
vos se sienten intercesores de los difuntos, haciéndose patente la costum-
bre de no dejar solo al cadáver desde su muerte hasta el entierro, con el
fin de procurar que su alma vagabunda no aparezca para atormentarlos»
(Douglas, 1991, p. 85), en nuestra cultura el cuidado a los muertos pasa
totalmente a las instituciones dotadas de personal especializado —tana-
toprácticos—, con lo cual la ritualización de la muerte se convierte en un
protocolo técnico en manos ajenas.
La muerte y el muerto
Como nos hace notar Van Gennep (2008), el individuo muerto, al sepa-
rarse del grupo de los sobrevivientes, entra en un periodo de transición
del que tiene que salir para incorporarse a su destino final o post mortem.
Entretanto, la liminaridad que sufre el difunto en nuestra sociedad en
la mayoría de los casos tiene lugar en el tanatorio o edificio donde se
depositan los cadáveres durante las horas que preceden a su inhumación
o cremación. La puesta en escena que aquí se representa —velatorio y
ceremonia final— responde al deseo de rendir homenaje al ser querido,
«habilitando un medio de entrampar la muerte en un lugar restringido al
margen de la vida» (Tomas, 1991, p. 117), un lugar en el cual, mediante
procedimientos científicos y eficaces que, a pesar de los progresos en tér-
minos de tratamiento sanitario de la materia muerta, continúan manifes-
tando los símbolos que los definen y estructuran, se guía, se prepara y se
dispone al difunto para su incorporación a la comunidad de los muertos.
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Este tratamiento solemne y trascendente nos remite a un cuerpo presente
como objeto sagrado en el sentido canónico durkheimiano, separado y
objeto de una etiqueta, unas condiciones que obligan a quienes lo reco-
nocen a tenerle una consideración especial y un tipo de comportamiento
determinado. Es lo que Radcliffe-Brown (1986) llama «valor ritual», en la
medida en la que el trato que ha de recibir tiene que ser singular y someti-
do a determinados protocolos, justamente para hacer identificable su valor
social. Un ejemplo revelador de la vigencia de este tratamiento especial
es que, según el artículo 526 del Código Penal, constituye delito la pro-
fanación de un cadáver o de sus cenizas, además de una falta de respeto a
la memoria de los difuntos. El ritual funerario como unidad simbólica de
representación viene dado, precisamente, por la condición sagrada del fina-
do y la puesta en escena se organiza en actos que responden al proceso de
transformación de viviente a difunto, para, por último, lograr ser antepasa-
do: un proceso ritual, cuya plusvalía es consecuencia de su estado liminal.
Esta concepción procesual de la muerte en la cual el cadáver, por el ritual
funerario, es sustituido simbólicamente por un cuerpo marca la socializa-
ción de una de las transiciones más importantes de la vida, un proceso in-
teractivo pautado por actores en un espacio y un tiempo limitados. Mucho
más que una masa de proteínas en vía de mineralización, el cadáver es un
objeto culturalizado que tiene que mantener la imagen de cuerpo vivo más
allá de la muerte, como demuestran las numerosas ceremonias de acondicio-
namiento del muerto. Así mismo, el hecho de presentar al difunto por última
vez a los visitantes y los amigos de la manera más aceptable y agradable,
conjuntamente con la ornamentación, los objetos, la música, las palabras y los
gestos hacia el ser querido, «recortan un espacio donde, de manera efímera
e ilusoria, el cadáver se convierte en el cuerpo que fue» (Favole, 2003, p. 67).
Así, el cadáver protagonista de su tránsito se convierte en difunto a quien se
atiende y, a la vez, se actúa como si estuviese vivo: «el cadáver aún está vivo, el
difunto sigue lúcido (…), es preciso que todo esté normalizado para respetar
su recuerdo y rendirle culto» (Tomas, 1983, p. 312).
En el tanatorio de Igualada, como en cualquier otro tanatorio, el per-
sonal funerario, una vez recibido el Certificado Médico de Defunción,
realizará todas las gestiones administrativas, los trámites sanitarios y los
oficios que requiere el funeral. Los cuerpos sin vida que ellos mismos
recogen de las cámaras frigoríficas del hospital, las residencias geriátri-
cas o bien en el propio domicilio familiar son trasladados y preparados
para ser presentados en la sala del velatorio. La correcta presentación
del cuerpo y el otorgamiento del tiempo suficiente para que amigos y
parientes reciban la noticia y se acerquen son estrategias que socializan
la tristeza y el dolor que produce la muerte (Panizo, 2002, p. 32).
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Recogida de cadáveres de la morgue. Dolors García. 2012.
Actualmente, al sustituirse la casa como lugar de acompañamiento del
difunto por las salas de vela de los tanatorios y por la importancia del papel
que ejerce la técnica, el ritual se ha profesionalizado: se utilizan túmulos
(cámaras frigoríficas) para exponer al difunto en la sala del velatorio y el
cuerpo presente se prepara y se acondiciona mediante los trabajos de tana-
topraxia, de acuerdo con las normas de higiene establecidas. El corro que se
solía formar en torno al lecho del moribundo para acompañarlo en su ago-
nía, mientras lo rociaban con agua bendita —un ceremonial propio del siglo
XVIII y principios del XIX en Occidente—, ha ido cayendo en desuso. La
habitación del enfermo se convertía entonces en lugar público y la gente en-
traba libremente (Ariés, 1982, p. 25). En los tanatorios, se aparta al fallecido
de la vida cotidiana para dejarlo en manos de los tanatoprácticos, quienes
manipulan el cadáver y desarrollan y aplican métodos para su higienización,
conservación, embalsamiento, restauración, reconstitución y cuidado esté-
tico, con la finalidad de presentarlo a sus familiares con un aspecto natural,
sosegado y lo más parecido posible a la imagen que tenia en vida. La parte
final del ritual funerario comprende el entierro o la incineración. El último
umbral que tendrá que cruzar viene marcado por el encuentro íntimo con
sus parientes en el momento de la sepultura del cuerpo o la colocación de
las cenizas en la urna. Así, una vez sepultado y rotos formalmente los lazos
que nos unen con nuestros difuntos, a quienes ayudamos a integrarse en el
trasmundo mediante los rituales funerarios, el muerto tiene un lugar asigna-
do y, a la vez, se preserva el equilibrio de los sobrevivientes.
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del velatorio
Ritual e interacción social: la actuación final
El tratamiento protocolario del finado en el tanatorio de Igualada se
inicia con el acondicionamiento del cadáver y su exposición como di-
funto a la vista de los asistentes. Los trabajos de tanatopraxia o «presen-
tificación», para utilizar la expresión de Payot en Tomas (1989), son
controlados cuidadosamente por los trabajadores del servicio funerario.
Estas labores, distribuidas en dos dependencias separadas entre sí, sin
ninguna interferencia posible entre ambas —el local técnico y el local de
recepción—, corresponden a la preparación de un ambiente solemne de
homenaje, reunión y sociabilidad en presencia del cuerpo del difunto.
En el marco situacional del velatorio, el finado ocupa su lugar entre los
otros. Como un individuo más que interacciona con los vivos —con-
siderado aún dotado de rasgos humanos— y con la asistencia de sus
ayudantes de cámara, presenta su actividad delante de los familiares y
los conocidos que asisten a la ceremonia. En este contexto se reúnen
también individuos invitados y admitidos de forma controlada en honor
a una circunstancia valorada por todos y limitada por un estado de áni-
mo común. Estos llegan de manera ordenada y se colocan en el espacio
acotado por las paredes del recinto para participar en la actuación de
aquellos a quien han venido a ver: al muerto y a sus familiares cercanos.
Con la ceremonia funeraria así dispuesta como un marco formalizado
en el que se desarrolla una conducta expresiva, el difunto es el centro
del ritual a quien, mediante la interacción entre el cuerpo presente, los
asistentes y el personal funerario, se asigna un lugar, un espacio y un
momento social. Por lo tanto, el finado como un personaje más guía y
controla las impresiones que le interesa producir ante el público, con
la peculiaridad de que este enfoque pertinente es calculado y controla-
do por los funerarios a fin de conseguir una imagen aceptable para los
asistentes, que evoca la permanencia de lo que ha sido.
Nosotros hacemos lo que podemos para acondicionar el cadáver, pero
a veces mueren tan mal que no sabemos qué hacerle y no lo
queremos mostrar. Si la familia insiste, nosotros les avisamos. No lo
hacemos por nosotros, sino que lo hacemos por ellos. (
) Nosotros
procuramos que la última imagen que vean del muerto sea buena,
porque es la que recordarán. Es lo que queda en la retina. No
queremos que nos vean sacar el cadáver con una bolsa de PVC; lo
hacemos por dignidad, no por el tanatorio. (Diario de campo
30/01/2012. Entrevista a un trabajador de la funeraria Anoia.)
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Las personas somos una cara. Si no tenemos el cuerpo, no pasa nada,
pero, si nos falta la cabeza, mal. Si la familia nos dice que mi padre
se peinaba la raya a la derecha y no hacia a la izquierda, se la
cambiamos de lado. (Diario de campo 17/02/2012. Entrevista a
un trabajador de la funeraria Anoia.)
Como recuerda Tomas, «cuidar la última imagen que el cuerpo nos
ofrece y que ya no depende de él es rendirle homenaje para que pueda
continuar existiendo un poco en la mirada del otro» (Tomas, 1989, p.
216). Los trabajadores de la funeraria que se encargan de procurarle al
muerto una imagen y una conducta decorosa que acata la pretensión de
aceptabilidad forman parte del drama como «categoría de personajes,
cuya función es arreglar el escenario y proporcionar los accesorios para
que los actores desarrollen su papel» (Chihu, A. y López, A., 2000, p.
251). En la sección de bastidores o backstage, el área de trabajo donde las
actividades de elaboración de una representación se ocultan al público
de forma estratégica, estos ayudan al actor a prepararse, utilizando los
efectos especiales que se requieren para impresionar al público. Desde el
punto de vista de una actuación particular, el backstage o región posterior
de la representación es el lugar donde se toman todas las precauciones
para salvaguardar las impresiones fomentadas por el difunto y las per-
turbaciones que se dan cuando estas no son las esperadas.
Tampoco queremos tapar demasiado las heridas, que, por la
experiencia que tenemos, sabemos que por poca cosa podemos
complicar la presentación: es peor el remedio que la enfermedad.
(Diario de campo 02/02/2012. Entrevista a un trabajador de
la funeraria Anoia.)
Antes de salir a escena, el actor, siempre vehiculado por los personajes
descritos, sigue un circuito que le permite aparecer en cada uno de los
actos: el velatorio, la ceremonia final y el entierro. En el caso del velato-
rio, el actor principal, una vez preparado y colocado en el féretro, es em-
pujado con una carretilla hasta el montacargas que lo subirá al piso de
arriba, delante de una puerta de la misma amplitud y altura del féretro
y, al abrirla, lo hacen deslizar directamente dentro del túmulo de la sala.
De esta forma, los familiares próximos, los amigos y otros convocantes a
la ceremonia, al entrar se lo encuentran allí, presentado favorablemente
«como una imagen digna de crédito en general» (Goffman, 2009, p.
235). Proporcionar una escena bien montada y representada requie-
re que el difunto regule su accesibilidad al público de acuerdo con el
mantenimiento de la fachada institucionalizada y según las expectativas
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del velatorio
estereotipadas por la audiencia, es decir, sin mostrar el aspecto traumáti-
co de la muerte. De ahí que pueda ser retirado de la escena y recibir las
atenciones desde la parte posterior, mientras la representación sigue su
curso. Con precisión, los ayudantes de cámara, calculan cuándo y cómo
tiene que salir a escena, manejando las impresiones públicas de manera
que tengan lugar las reacciones esperadas, a la vez que se evita que se
pierda el sentido de la realidad que toda ocasión social pretende.
Antes de vestirlo, por las escaleras de caracol situadas al lado del
montacargas hemos subido a retirar el difunto que estaban velando
en la sala seis. Durante la noche le había salido sangre por
la
nariz. Sin entretenerse, han retirado el féretro del túmulo.
Un olor muy fuerte impregnó la situación. Rápidamente le han
cambiado el taponamiento, limpiado la cara de restos de sangre y
tapado las manchas de color verdoso del cuello de la camisa y de la
almohada. También le han puesto desodorante de la marca Axe, que
dicen que va muy bien para disimular los malos olores. (Diario de
campo 16/02/2012)
Hoy les he preguntado si podía maquillarlo. Evidentemente, lo he
hecho siguiendo sus indicaciones. Me he quedado con las ganas de
pintarlo y embellecerlo más. Como se trata de darle al difunto la
máxima naturalidad, no quieren utilizar demasiado maquillaje, por
miedo a que no parezca el mismo. Según me explican, las familias
quieren que su ser querido sea lo más parecido posible a cuando
estaba vivo. (Diario de campo 03/02/2012)
A la hora de maquillarla se le han perfilado los labios. Despuésle han
puesto colorete. No han querido pintarle los ojos. Yo lo quería hacer,
puesto que creí que no quedaba nada bien que los labios estuviesen
pintados y los ojos no, pero ellos, al no tener una foto suya, preferían
no hacerlo. Son prudentes. (Diario de campo 07/02/2012)
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Inmaterial 03. Dolors García Torra
Acondicionamiento del cadáver en el backstage. Dolors García. 2012
Así mismo, Turner y Edgley, en sus investigaciones sobre los funerales
en EE. UU. desde la óptica de la dramaturgia, destacan la importancia
de las preparaciones del cuerpo sin vida llevadas a término en el bac-
kstage para el éxito del funeral. Las actividades que aquí desempeña
el equipo —drenaje, rellenar, maquillar— se ocultan estratégicamente
con el propósito de dar a los dolidos la impresión de que el ser querido
se encuentra inmerso en un sueño profundo y tranquilo. Los autores
también remarcan la condición de actores del director del funeral y de
su equipo, cuyo trabajo es organizar una actuación conforme a lo que
esperan de ellos los asistentes a la ceremonia: competencia, sinceridad,
dignidad y respeto, unas expectativas que a la vez se expresan en la co-
rrecta visualización del cuerpo. Esto demuestra la importancia que atri-
buyen los estadounidenses al viewing of the body para el duelo posterior
a la pérdida. Según los investigadores, la función más importante que se
cumple al mirar el cuerpo sin vida es la confrontación del factor emo-
cional que uno está tan ansioso de negar, pues mirar parece romper las
defensas con mayor eficacia que otra parte del proceso ritual. Para ellos,
la correcta apariencia sin signos de descomposición se consigue median-
te la aplicación de tres técnicas —la conservación, la tanatoplastia y la
tanatoestética—, cuya práctica permite la adecuación y la restauración
general del cadáver, que los autores comparan con llevar a término un
«arte restaurativo» (Turner y Edgley, 2005, p. 298-299).
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Manuel me enseñó el cuerpo embalsamado del rumano que llevaba
quince días muerto. Tenían que trasladarlo a su país, pero, al
final, como no se disponía del dinero para hacerlo, decidieron
inhumarlo en Igualada. El cuerpo estaba duro como una piedra.
La cara, el vientre, las piernas: todo. Tenia los puntos de la
incisión que le hicieron para introducir la cánula por donde pasa el
líquido embalsamador. Mientras me los mostraba y hablando de la
preparación de los cuerpos, Manuel me explicó que un día
recibieron el cuerpo de un hombre muy estropeado al que le faltaba
un ojo. Como la familia pidió ver a su padre fuera cual fuere su
aspecto, para preservar la última imagen le rellenaron el ojo con
una bola de silicona que lo disimulaba bastante bien. (Diario de
campo 15/02/2012)
Los funerarios que llevan años trabajando en la profesión conocen muy
bien los cadáveres y los manipulan con mucha facilidad. Como están
acostumbrados a hacerlo, actúan con rapidez y precisión y también
pueden especular sobre si sufrieron en el momento de su deceso. Las
facciones muy marcadas o el empeine del pie hacia delante son, para
ellos, marcas claras de sufrimiento en los últimos días de vida. General-
mente, el acondicionamiento del cuerpo exige más fuerza que destreza.
El estado de rigidez post mortem dificulta su manipulación. A pesar de
esto, conocen las maniobras y los puntos exactos del cuerpo que hay que
presionar para que se doblen y facilitar así el trabajo de movilización.
¿Ves? Si lo coges por aquí, ella sola da la vuelta y puedes acabar de
subir la falda. También tiene unos puntos, ¿ves?, aquí, en el codo,
por ejemplo, que, si los aprietas, puedes doblar el brazo. (Diario de
campo 18/02/2012. Conversación casual con un trabajador de
la funeraria Anoia.)
En oposición al backstage o trasfondo escénico, las salas de velatorio, los
oratorios y los cementerios son el front o fachada, los espacios físicos
donde tiene lugar la representación. Los hechos que aquí se desarrollan
corresponden al momento social de la muerte y a su reconocimiento pú-
blico: la presentación de la persona para rendirle homenaje. El difunto,
que ya ha sido vestido para la ocasión, tendido en el féretro y colocado
dentro del túmulo en un sueño profundo, es la apariencia oficial prescri-
ta, «la imagen fijada de la muerte con actitud de yaciente que espera con
las manos cruzadas» (Tomas, 1983; Ariés, 1982). La sala del velatorio
está preparada como corresponde para su última actuación. Los miem-
bros afligidos del grupo familiar se disponen en ella como miembros de
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Inmaterial 03. Dolors García Torra
la audiencia o como un grupo de observadores, cuya función consiste
en apoyar al protagonista con muestras de respeto y solidaridad. Así, el
cadáver presentado en escena y con el enfoque pertinente, rodeado de
quienes se han reunido para despedirlo en su traspaso a la comunidad
de los muertos, se convierte en cuerpo-objeto ritual y objeto ceremonial,
algo sagrado que se ha de tratar según una etiqueta determinada.
Presentación del difunto en la sala del velatorio. Dolors García. 2012.
Conclusiones
El ritual mortuorio representa la institucionalización del paso de vivo
a muerto, un cambio de estado simbolizado por tres fases —separa-
ción, margen y agregación— que, en su conjunto, enmarcan el tránsito
que el finado protagoniza en su traspaso a la sociedad invisible de los
muertos. Los mecanismos culturales para vehicular el tránsito imagi-
nario de los seres queridos hacia el nuevo estatus suponen una serie de
procedimientos encaminados a la gestión del cuerpo, que no solo tienen
como objetivo sacralizar la pérdida, sino que, implícitamente, tratan
el proceso de putrefacción. Por eso, los espacios de la muerte reflejan
la ambivalencia fundamental del cuerpo en tanto que es la persona a
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Inmaterial 03. La disposición del cuerpo sin vida en la instancia ritual
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quien se recuerda y, a la vez, el cadáver y su inmanente descomposición.
La disposición del cuerpo sin vida transcurre en un espacio concreto
que, como diría Foucault (2010), equivale a un lugar «otro» o lugar real
donde se aloja el imaginario, en este caso las creencias sobre el cadáver
y la muerte a las que hay que atender para el funcionamiento normal
de la sociedad. Debido a esto, los espacios de la muerte trabajan espe-
cialmente la simbolización, en un fuerte «como si» aún estuviera vivo,
aunque todo el mundo sepa que, en efecto, el muerto está muerto y
todo es un dispositivo técnico de apoyo. La asistencia al cadáver sucede
en el tanatorio, donde se encuentra habilitado un espacio que cumple
una función fundamental en la celebración de la muerte, ya que facilita
un lugar reservado para su preparación —el backstage— y otro para su
presentación ante quienes han venido a despedirlo —el front—, nece-
sarios ambos para el buen funcionamiento de toda escenificación. Su
última actuación es aquella mediante la cual los familiares y los amigos
se reúnen en su presencia para despedirlo. Ante él, las manifestaciones
de tristeza derivadas del duelo y las muestras de respeto y de solidaridad
contribuyen a crear un ambiente de homenaje y solemnidad alrededor
de nuestro ser querido. Para que el muerto pase a ser antepasado y para
tenerlo presente en nuestra memoria, el cuidado de la última imagen, la
que evoca lo que fue y no su inminente putrefacción, es un factor clave
para la instalación efectiva del recuerdo.
En la representación habitual de la muerte, descansar en paz requiere una
presentación del finado como si estuviese inmerso en un dulce sueño,
tendido y sin mostrar el aspecto traumático de la muerte. De ahí que las
técnicas para embellecer el cadáver sean algunas de las actividades que
se desarrollan en el ritual de separación. Devolverles provisionalmente el
aspecto de vida significa dar belleza ceremonial a los muertos, lo que no
solo se consigue mediante los actos performativos de homenaje para con
el difunto, sino también mediante la aplicación de la tanatopraxia y la
tanatoestetica, para su higiene y conservación. Estas técnicas de reconsti-
tución temporal del cadáver engloban las tareas de limpieza e higiene del
cuerpo, taponamiento de los orificios, vestimenta, peinado y maquillaje.
Se trata de atenciones prestadas por los tanatopractores del tanatorio,
utilizando diversos productos y herramientas, de ahí que se haga referen-
cia al trabajo de disposición del cuerpo sin vida como si se llevase a cabo
un «arte restaurativo» (Turner y Edgley, 2005, p. 123). Las atenciones y el
cuidado minucioso del finado, tan usuales en el contexto del funeral home
de EE. UU., como manicura, pedicura, depilación, vestido hecho a medida
y utilización de peluca, llevan al máximo nivel la idea fuerza de embellecer
para salvaguardar las impresiones que suscita el cuerpo presente.
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Inmaterial 03. Dolors García Torra
El cadáver es el soporte material sobre el cual se ejerce la actividad colec-
tiva en torno a la muerte. Los rituales celebrados en su honor transfor-
man los restos humanos insignificantes en un cuerpo significante: el del
ser querido a quien simbólicamente se desea ayudar en su traspaso a la
comunidad de los muertos y a quien se quiere recordar en su imagen más
digna, la que ayudará a soportar mejor el duelo. Por el contrario, liberarse
del cuerpo sin practicar ningún tipo de intervención y sin dedicarle una
atención ritual mínima es «una manera inhumana, aberrante y violenta
de tratar al difunto» (Favole, 2003, p. 32). Comentarios como «¡Qué ex-
presión tan apacible!» o «Está más guapo que nunca» demuestran que la
belleza y la juventud reinan para siempre. Entonces cerramos el féretro,
conservando el recuerdo de esa belleza: la inmortalidad de la imagen.
Aun así, la profesionalización del ritual con las técnicas de tanatopraxia
y tanatoestética ha hecho que algunos autores hablen de la decadencia
progresiva del ritual funerario (Ariès, 1982; Allué, 1989; Huntington,
1979; Tomas, 1991). El progreso de la técnica, los aumentos de la
cremación, los cambios en las creencias sobre la muerte y el más allá,
la reducción del grupo familiar, la hospitalización del acto de morir, la
posibilidad de poner el cuerpo sin vida en manos de la ciencia médica,
etcétera, han cambiado el ambiente funerario actual y han permitido la
aparición de «formas distintas y menos elaboradas, que evidencian que
los rituales funerarios funcionen como un símbolo para rendir culto a
la vida, más que a la muerte» (Torres, 2006, p. 110). La inoperancia del
proceso, la no movilización social a favor del cambio que obedece a una
cultura que aparta la muerte de la esfera social, el favorecer la políti-
ca del olvido por la profesionalización y desacralización del ritual, la
reglamentación estricta de la policía sanitaria mortuoria, etcétera, son
fenómenos a los cuales se atribuye restar eficacia funcional al ritual y
dejar de ser «una manifestación pública del adiós y una lenta digestión
compartida del dolor por la pérdida, para convertirse en un acto de
trámite» (Allué, 1998, p. 79). El largo velatorio del cadáver y la cantidad
de dinero a pagar hace que se sientan impropios e inútiles, incluso por
parecer que no son las liturgias que el ser querido se merece, por ser
considerados una caricatura y una burla. Por todo ello, algunos círculos
concretos muy secularizados renuncian a la ceremonia del cuerpo pre-
sente y al entierro, abandonan los funerales tradicionales y las manifes-
taciones externas de duelo y abren nuevas perspectivas de abordaje.
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Van Gennep, A., 2008. Los ritos de paso. Madrid: Alianza.
Este estudio es una muestra de la investigación
llevada a término como trabajo final del máster
de Antropología y Etnografía de la Universi-
dad de Barcelona, bajo la supervisión del tutor
Dr. Manuel Delgado Ruiz.
Dolors García Torra
Diplomada en Enfermería por la Escuela de
Enfermería Blanquerna, Universidad Ramon
Llull (1999). Licenciada en Antropología Social
y Cultural por la Universidad de Barcelona
(2007) y Máster en Antropología y Etnografía
(2012), Universidad de Barcelona. Actualmen-
te estoy inscrita en el programa doctoral en la
misma universidad y mi investigación versa
sobre las diferentes formas de apropiación social
del cementerio nuevo de Igualada, premio FAD
de arquitectura otorgado al trabajo de los arqui-
tectos Enric Miralles y Carmen Pinós en 1992.
Instituciones:
Facultad de Geografía e Historia. Calle de
Montalegre, 6, 08001 Barcelona
Centro donde se llevó a cabo el trabajo de
campo:
Funeraria Anoia. Carretera de Vilanova, 44,
08700 Barcelona.
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